PREGÓN DE LA XLIII LLAMADA LITERARIA (Agustín Alcaraz Peragón)

No todo el mundo tiene la suerte de haber nacido en Cartagena. De disfrutar cada año de la más bella de las manifestaciones del sentir popular, devocional, artístico y religioso que existe. De unas procesiones como las que, a lo largo de los siglos, se fueron configurando hasta alcanzar las pautas de perfección con que hoy marrajos y californios, del Resucitado y del Socorro sorprenden cada año a aquellos que las presencian.

 

Unas procesiones únicas, irrepetibles. Dechado de orden, de luz, de flor y de música. Cortejos en los que el color adquiere movimiento en perfecta sincronía; en que el tambor se convierte en el latir del corazón de una ciudad procesionista y orgullosa de tan singular legado, construido con esfuerzo y devoción por generaciones de cartageneros que hoy desfilan ya en la misma presencia de Dios.

Imágenes de extraordinaria calidad, como también la poseen hachotes, tronos y bordados. Rasgos distintivos de una Semana Santa que, sin embargo, -no debemos olvidarlo-, sólo tiene verdadero sentido desde su dimensión cristiana.

 

Recordamos la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Jesús de Nazaret. De aquel que fue Prendido, que cargó con la Cruz, que ya Crucificado fue capaz de perdonarnos. De aquel que Resucitó dando sentido a tan alto sacrificio.

 

Por eso, quizá por eso, la Semana Santa no puede ni debe describirse desde la razón, como si fuera tan solo un catálogo de patrimonio, por muy valioso que éste lo sea. Ni siquiera con los ojos del espectador que asiste, perplejo y maravillado al desfilar de los penitentes y portapasos, al andar de granaderos y judíos. De aquel que contempla la belleza de tronos e imágenes o que disfruta ante el sonido de la música de procesión.

 

No. La Semana Santa es sentimiento. Y de eso, de sentimientos que creo que cuantos hoy estamos aquí compartimos, es de lo que quisiera hablarles para pregonar, en esta extraordinaria compañía, los días que pronto viviremos en nuestra querida ciudad.

 

Pregonar, también y lógicamente, desde el agradecimiento a Jesús Muñoz y a cuantos con él colaboran en la organización de esta entrañable Llamada Literaria de nuestra Semana Santa, una Llamada Literaria que cumple ya 43 ediciones. Agradecimiento desde el recuerdo afectuoso a Manuel López Paredes, cuya voz no se apagará nunca en nuestras memorias.

 

Gracias pues por permitirme compartir esta noche con todos ustedes los sentimientos de un procesionista. Y marrajo. Y agónico.

 

Querido Director de la Llamada Literaria, Nazarena Mayor, representantes de las cofradías, procesionistas,...

Hablo pues hoy de sentimientos. De esos recuerdos que se agolpan en nuestro interior sin que tengan porque acudir ordenados, ni por días de la Semana Mayor ni por años transcurridos. Sentimientos y recuerdos.

 

Yo nací marrajo. Ojo, no digo que fuera inscrito al nacer, que es lo habitual, sino que nací ya marrajo porque así lo quisieron el Nazareno y mis padres –no sé si por ese orden- pero, lo cierto y verdad, es que si se mira la fecha en que vine a este mundo y se coteja con la de mi inscripción en la Agrupación de la Agonía, resulta que yo era marrajo bastante, pero bastante antes de nacer.

 

Como la gran mayoría de vosotros, antes de tener conciencia o de que mis recuerdos puedan llegar hasta entonces, las fotos delatan que ya vestí túnica de nazareno levantando apenas dos palmos del suelo. Y debo decir que imagino que para mis padres –especialmente para mi padre, patronatero y agónico-, debió ser aquello un orgullo. Una sensación que pude comprender perfectamente muchos años más tarde cuando el primer Lunes Santo del siglo XXI descendí la rampa de Santa María llevando de la mano a mi hijo Alejandro, impecablemente vestido de nazareno marrajo, con su mocho, su medalla, sus guantes blancos y su vara.

 

Porque en el fondo, la Semana Santa es también esto: un sentimiento familiar. Una emoción indescriptible cuando en el interior de la iglesia de Santa María resuenan con fuerza y con eco los tambores, y la banda de música comienza a desgranar las notas de una marcha escrita sin lugar a dudas con notas tomadas de tu mismo ADN. Cuando por los ojos del capuz ves levantarse el sudario y comienzas a andar sabiendo que antes que tú lo hicieron, con ese mismo traje, con esa misma marcha, con ese mismo andar pausado y medido tu padre y tus tíos, que lo han hecho tus hermanos y que –si el guardalmacén dice que sí damos la talla- pronto también lo hará tu hijo.

 

Ese sentimiento lo hemos vivido, estoy seguro, todos los aquí presentes. Y también el de respirar el aire que se cuela en el capuz al pisar la rampa, aplacando mínimamente los nervios de debutante que –da igual que lleves saliendo más de treinta años-, están siempre ahí y te atenazan al enfilar la primera curva, al pisar el asfalto (o los adoquines o lo que sea ya) de la calle del Aire dejando atrás la rampa.

 

El sudario se detiene. La marcha llega a su fin por vez primera y respiras hondo, sin saber muy bien si al bajar la calle del Cañón deberás abrir la boca para que el capuz se mantenga firme en tu cabeza y si –como tantas y tantas noches de Viernes Santo hay viento-, no pierda en ningún momento la perfecta verticalidad que ha de posibilitar la correcta alineación de tu tercio.

 

A los lados, en sillas, o de pie, la gente se dispone a ver, un año más, una extraordinaria procesión.

Hace un montón de siglos, en la antigua Grecia se escribió aquello de que “ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río”. Ya saben, que el agua se mueve y que al entrar de nuevo en el río ya no es la misma.

 

Quizá deberíamos usar ese argumento de Heráclito para aquellos que –pobres ingenuos- dicen que una procesión es la misma de un año a otro. ¡Pero si no es la misma cuando la ves dos –o tres veces, que en algún caso es posible- el mismo día! Que nos lo digan a aquellos que disfrutamos cuando, apenas termina de pasar ante nosotros la Virgen del Primer Dolor por la calle del Aire y emprendemos rápidamente el camino hacia la de Jara, por donde si no nos despistamos mucho, llegaremos a ver pasar de nuevo al tercio de la Cena.

 

Y es que mira que es importante elegir el sitio donde uno presencia una procesión.

Un punto importante en nuestra vida procesional es el año en que, de pronto, te haces mayor y dejan de llevarte a ver las procesiones y eres tú quien buscas un rincón, una calle, un lugar que te permita disfrutar de su paso.

 

De críos vemos las procesiones donde nos llevan. Durante muchos años nosotros, que vivíamos en el Ensanche, “bajábamos” a Cartagena y nos instalábamos en casa de mi abuela Carmen, en la plaza de Risueño. Entre los barrotes de su balcón (porque mi cabeza aún no sobrepasaba su altura) recuerdo muy bien ver pasar a capirotes y nazarenos por la tarde, para acudir a las concentraciones de sus tercios. Los pasacalles de Granaderos y Judíos, que si corrías lo suficiente podías ver desde Risueño y luego, de refilón, volver a desaparecer otra vez desde el balcón que daba a la calle del Ciprés.

 

La impresionante perspectiva de la oscuridad en la noche del Jueves Santo, cuando Cartagena se callaba para ver pasar el Silencio californio.

 

Y en contraste, cualquiera de aquellos días, escuchar desde una vieja radio Vanguard de color verde la voz de Manuel López Paredes que se adueñaba de las ondas para contarte -en tiempos en que aún no te llegaban por twitter- las últimas novedades e incidencias de una procesión que estaba a punto de salir.

Y los Miércoles Santos en la calle del Cañón. Sentados en la primera fila en aquellas sillas de madera desde las que las capas rozaban tus rodillas mientras mirabas con admiración el desfilar de los capirotes de la Cena, la Oración, el Ósculo,... Una admiración que crecía notablemente al pasar ante mis ojos un trono y unas imágenes por las que reconozco mi especial debilidad, como es el del Titular Californio, el Cristo del Prendimiento. Y poco después saludar al primo Fausto, que delante de la Flagelación que presidió durante tantos años nunca te negaba una postal, esa postal que los críos pedíamos insistentemente a los nazarenos tercio tras tercio.

 

Allí, en la calle del Cañón escuchabas ‘Jesús Preso’ o ‘Mektub’,… La procesión llegaba a su término y ante ti pasaba el tercio de la Virgen, sus tambores, su banda y casi siempre su trono, porque con ojos de crío aún recuerdo atónito aquel año 1977 en que Cartagena buscó en vano a la imagen de Benlliure, a la Virgen del Primer Dolor, que no logramos encontrar si no en la puerta de Santa María, de donde no pudo moverse y donde todos fuimos a encontrarnos con Ella y poder así cantarle una emocionada Salve tras haber fallado la dirección de un trono que aún no era mecido sobre los hombros de sus portapasos, como ocurriría desde poco después.

 

En la calle del Cañón veíamos casi siempre la procesión del Miércoles y hasta testimonio de eso hay en una postal del tercio de San Pedro en la que orgullosamente me reconocí por aquellos tiempos entre el público que contemplaba el cortejo.

 

Pero hablando de salves y de aquella calle del Cañón, no puedo dejar de recordar tampoco lo que sucedió un par de años más tarde, el Viernes Santo de 1979, cuando tras los fatídicos tres cohetes y en pleno aguacero, con once años mi amigo Mario y yo, nos escapamos del control de sus tíos y dimos la vuelta a nuestras túnicas de nazareno para que no se mojaran y subimos a toda prisa la calle en sentido inverso para llegar a la iglesia y asistir a una recogida que nunca podremos olvidar. Una recogida de esas que sólo la lluvia, el mayor enemigo de las procesiones, es capaz de provocar. Una recogida que volví a vivir en la madrugada de 2007 y que, sinceramente, no querría volver a ver nunca. Una recogida que, eso sí, tuvo -como no podía ser de otra manera- su Salve.

 

Los años fueron pasando, y como os digo, eso conllevó que uno ya podía elegir el lugar donde ver la procesión. Y cada procesión tiene su sitio; bueno, más de uno: aquellos que nos gustan y aquellos que nos llaman de cuando en cuando, o incluso los que las circunstancias deciden que asuman un protagonismo inesperado.

 

Así, por ejemplo, puedes encontrarte explorando la calle del Rosario o la del Pozo -situadas ambas fuera del recorrido habitual de las procesiones- para acabar encontrando un hueco sobre la roca misma del Monte Sacro desde el que contemplar, en lugar privilegiado, como hicimos José Francisco y yo, la recogida del Martes de Ramos de 1989 en el Parque de Artillería.

 

Y esa búsqueda puede llevarte también a acompañar a Santiago, ya en un Martes Santo sin hebreos, en su tránsito por calles de solera que ya nadie más recorre, como la de Balcones Azules –en la que vivieron mis abuelos paternos-, la de Ignacio García, la de los Cuatro Santos o, desde hace unos pocos años, la Subida –que es bajada- de las Monjas.

 

Y es que, aunque lo normal podría ser esperar tú en algún lugar la llegada de la procesión, hay momentos en que parece más propicio recorrer las calles de Cartagena, y así en esas calles "si un tiempo fuertes, ya desmoronadas", que diría Quevedo, divisar la llegada de los penitentes y atisbar en las fachadas el reflejo de la luz de las cartelas de los tronos que se acercan.

 

Para eso, creo, nada mejor que aprovechar la madrugada marraja, la más propicia para deambular por calles que parecen resucitar de año en año para acoger el sonido de los tambores y el quedo andar de los capirotes. En las que los cables se alzan -si es necesario ayudados por una pértiga- para que los tronos recorran sus suelos ajados y la memoria de generaciones de cartageneros se asome a sus balcones.

Pero, creo que nadie ha de sorprenderse al escucharlo, la madrugada marraja yo prefiero andarla vestido de nazareno.

 

Vestir de nazareno. Colocarse el mocho, la medalla, la vara, los guantes. Algo que es muy diferente cuando lo haces de niño a cuando tu preocupación no es llenar tu bolsa de caramelos, sino comprobar que te cabe la túnica, y que la operación que iniciaste para entrar en tu chaqué en el Miserere o la Salve Grande ha dado sus frutos también a la hora de ceñirte, unos días después, el cíngulo a la cintura.

 

Aunque claro, lo suyo no es esperar para saberlo hasta la Madrugada, sino hacerlo un poco antes, el Lunes Santo, en esa noche especial en que Cartagena entera –dirían los clásicos- se echa a la calle tras la Virgen de la Piedad. En esa noche en que los cartageneros de la diáspora vuelven sólo para salir de promesa o para cantar una emocionada salve ante la singular figura doliente de la Madre que, en sus brazos sostiene el cuerpo sin vida de su Hijo. Porque quizá no haya momento más esperado que el que cada año sucede cuando, siempre al paso, sobre los cansados hombros de sus portapasos, la Piedad aparece por San Miguel para enfilar la puerta de Santa María y, situada sobre la rampa, escuchar la emocionada voz de Cartagena.

Yo no atesoro un amplio currículo como portapasos. Lo fui en el Socorro, cuando con túnicas blancas y mochos negros sacábamos a la Virgen del Consuelo desde la Catedral Antigua, pero lo fui pocos años, porque aunque la devoción a aquella entrañable imagen nunca falló y aún perdura, mi espalda no andaba por la labor.

 

Y aunque sean pocas las veces en que he tenido el orgullo de ser portapasos en nuestras procesiones, no he dejado nunca de admirar tan destacado esfuerzo.

 

En los primeros años de mi adolescencia aún iban a ruedas muchos de los tronos que hoy son ejemplo de buen desfilar: al paso del tambor, sin aspavientos, levantados con el hombro y mecidos con el mismo orden y la misma seriedad que define al conjunto de nuestras procesiones. En aquellos años, que se van haciendo ya lejanos, había como digo pocos tronos a hombros, aunque ya por aquel entonces se fue forjando mi admiración por los portapasos y –me permitiréis que así lo reconozca- especialmente por los de la Piedad.

No sé qué año sería cuando vi la procesión del Lunes con mi padre en la calle Mayor. Ni era el sitio en que normalmente la veíamos ni tampoco solíamos ir los dos solos. Pero aquel año fue así. Y recuerdo que al llegar el trono de la Piedad me impresionó sobremanera el esfuerzo y la contención de aquellos portapasos, que tenían el privilegio –ni más ni menos que el enorme privilegio- de llevar sobre sus hombros a una devoción tan querida y entrañable para todos.

 

Un trono que es capaz de sorprenderte en la calle, aunque ya lo hayas visitado unas cuantas veces a lo largo del día, mientras se viste de flor o mientras esperas a que coloquen la corona y el corazón a la Virgen.

Porque recorrer Santa María en la mañana de las procesiones es una necesidad vital que todos llevamos dentro. Contribuir a ese murmullo incontrolado que inunda el viejo templo inacabado que se convierte en esos días en el útero procesional de Cartagena. El saludo a viejos conocidos que casi ves de año en año y en el mismo lugar. El intenso olor a flores que en unas horas se mezclará con el incienso cuando suenen allí mismo los tambores.

 

La mesa de la Cena, las cuerdas que atan las manos del Cristo de la Condena, el cambio de disposición floral de San Pedro en Miércoles Santo,…

 

Es momento para tratar de escurrirse entre los tronos y divisar así aquellos que aún no están llamados a la primera línea y que se camuflan tapados en algún rincón, acaso ocultando bajo la lona alguna novedad en su talla. Asomarte también la capilla que alberga en medido orden los sudarios, las varas, las galas y hasta las navetas de los monaguillos que saldrán esa noche en procesión.

 

Dejar de disfrutar de esos momentos matinales es algo que no quisiéramos dejar de hacer nunca; por más que algunos se empeñen en decir que son días laborables y que uno tiene otros compromisos que atender a esas horas. No hombre, no. En Semana Santa, no.

 

En Semana Santa no quieres más compromisos que los que te llevan de la iglesia a mil y un lugares de Cartagena donde, a lo largo de toda la semana tienes reuniones de varas, recorridos del itinerario, presentaciones de revistas y libros, actos de las agrupaciones y cabildos.

 

Días donde lo mismo vistes de nazareno o de capirote, que llevas algo de abrigo para ver la magna procesión de los californios y sin darte cuenta llevas ya la corbata para acudir al Día de la Agrupación – de la agrupación de la Agonía, claro- en la marraja mañana de Jueves Santo.

 

Porque imagino que los que sois de otras agrupaciones tenéis algún momento propio e inconfundible, un momento íntimo, de conexión espiritual con quienes os precedieron alguna vez en vuestros tercios. Los de la Agonía experimentamos eso en el Patronato.

 

Allí se concentra el tercio poco antes de salir en procesión desde la primera vez, desde 1930. Dicen los que ya no visten traje de capirote que es posible, aunque al principio cuesta, ver pasar a tu tercio por las calles de Cartagena, pero que acudir al Patronato sin llevar la túnica morada y la capa blanca, presenciar cómo se forma el tercio y cómo la banda interpreta allí ‘Santa Agonía’ es algo nada fácil de asumir.

 

Por eso, cuando aún puedes salir de capirote –algo que espero recuperar esta Semana Santa tras ser baja “por un año” el pasado 2012- percibes totalmente esa emoción. Y puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que sabes que en ese patio, y a esa hora, además de estar los agónicos del presente, también están –y se percibe su presencia- aquellos que ya marcharon a acompañar a nuestro Cristo. Y notas su aliento y su apoyo para una procesión que está a punto de comenzar. Un aliento al que como todos los años a buen seguro que éste contribuirá con su “muy bien machotes”, mi tío Pepe.

 

Queridos amigos,

Os estoy hablando de la Semana Santa de Cartagena, de mi Semana Santa. De esa que dura todos y cada uno de los días del año, por más que algunos no logren entendernos a los que así pensamos.

A los que gracias a las redes sociales, a los denostados foros, al contacto con otros procesionistas que -residan aquí o allá- piensan como nosotros, conservamos viva la ilusión de que nuestras procesiones sigan siendo lo que son. Que mantengan una esencia y una personalidad que las hace únicas.

Sé que muchos no nos entienden. Como sé también que todos nos leen. Así que algo tendrá el agua cuando la bendicen.

 

Hoy he querido compartir con todos vosotros los recuerdos de un procesionista, sentimientos que contemplan algunos momentos vividos como espectador de las procesiones y otros muchos, quizá los más entrañables, que se viven dentro de ellas.

 

Sentimientos que es difícil resumir. Recuerdos del entorno de nuestra vieja Catedral y del momento en que en su interior comenzaba a latir el corazón procesionista al compás que marcaba un tambor. Del patio del Cuartel de Instrucción donde el Cristo de la Agonía ahondaba en unas raíces que se extendían incluso más allá del nacimiento de mi agrupación.

 

Recuerdos de las soleadas tardes de Domingo de Ramos cuando “bajabas” a Cartagena e ibas encontrando por el camino a críos que, entre el orgullo y la emoción apenas dejaban ocultar su nerviosismo, ya vestidos de hebreos, para participar en la procesión de la burrica.

 

Del día de la Piedad. De las carreras por las calles para ir desde el Arsenal al Gobierno Militar o el Parque de Artillería un Martes Santo. Recuerdos de aquel Miércoles Santo en que tuve el honor de acompañar, vestido de morado y blanco a la Virgen del Primer Dolor a los sones de ‘In Memoriam’. De múltiples Jueves Santos de Silencio. De las muchas madrugadas acompañando a la Condena y también de aquella en la que como tribuno de honor de los Judíos partí con ellos de la Pescadería. Bueno, con ellos y con el Jesús.

Recuerdos de piquetes de Artillería, de Infantería, de Marinería y de Infantería de Marina, vestidos todos con sus mejores uniformes y poniendo un punto y final marcial y solemne a nuestras procesiones.

Recuerdos de Viernes y Sábados Santos con el pirulí ceñido en la frente. Con la respiración entrecortada en la tela de capuces morado o blanco. Del momento de enfilar la Uva, ya sabes, la referencia es el interior de la puerta del palacio de los Molina. No mires al sanedrín de la bufanda colorada. Sigue andando, aunque el hachote pese ahora mucho más que cuando te lo dieron al entrar a la iglesia.

 

Recuerdos, como no, de mañanas alegres de Domingo de Resurrección, cuando tu cuerpo acumula ya un cansancio que no ha de impedirte acompañar a la simpar imagen de la Virgen del Amor Hermoso, que en tu memoria anda al paso y luce una espléndida diadema que deja ver en toda su belleza el rostro que tallara Dios valiéndose de las manos de Juan González Moreno.

 

EPÍLOGO

Queridos amigos:

Dicen que, cuando se cierran las puertas de Santa María en la tarde del Domingo de Resurrección; cuando se apagan los ecos de la Salve a la Madre del Amor Hermoso, da comienzo una nueva Semana Santa.

Que los procesionistas de esta trimilenaria ciudad comenzamos ya a preparar con esmero los singulares cortejos que, en apenas trescientos y pico días, volverán a recorrer las calles de Cartagena.

Pero no detengamos ahí el reloj, experimentemos si acaso un último sentimiento pasional. Porque a buen seguro, más de uno de nosotros, al anochecer de ese blanco domingo se ha acercado, quizá sin darse cuenta, hasta la calle del Aire.

 

Ya no hay en ella gente. Queremos buscar el murmullo del eco de múltiples conversaciones en unas fachadas en las que aún cuelgan como retazos de la Pasión banderas moradas, rojas, blancas y negras. Pero sólo escuchamos el silencio.

 

No hay sillas al alcance de la vista. Ni en aquellos recordados montones de madera ni dispuestas de la anárquica forma en que estos últimos años las hemos padecido. Ni por esas.

 

Tan solo sobrevive aún, por unas pocas horas, la rampa. Una rampa que ahora, solitaria, se enmarca en la sobreiluminada puerta de Santa María y que sé que como yo, muchos de vosotros, la ha pisado alguna vez en esa última noche, en esa noche ya sin procesiones, recorriéndola despacito, como esperando que de pronto volvieran a abrirse las puertas y de fondo volviera a sonar el redoble de un tambor.

 

Ese redoble que, en apenas unos días, dará comienzo a las procesiones de la Semana Santa de Cartagena 2013.

 

Esta es, amigos míos, nuestra Semana Santa, mi Semana Santa, la que os invito a vivir y sentir a todos.

Muchas gracias.

 

Agustín Alcaraz Peragón

Escudo de Oro de la Agonía 2012

Pregonero de la Llamada literaria de la Semana Santa de Cartagena de 2013

Cartagena, 15 de febrero de 2013

 

AGRUPACIÓN SANTA AGONÍA, VERA CRUZ Y CONDENA DE JESÚS